LA POLLA RECORDS

Año 1985. Casco viejo de Portugalete (Gran Bilbao, Bizkaia), popular zona de ocio y diversión juvenil. Un viernes cualquiera. Es la época en la que a las manifestaciones en favor de la independencia el epílogo lo escriben con gases lacrimógenos, pelotas de goma, porrazos a mansalva y zumo sanguíneo, el consiguiente despliegue de las grises -literal entonces- Fuerzas del Orden Público en aras del estricto cumplimiento del plan ZEN (Zona Especial Norte) ideado por el entonces ministro de Interior(idades) Barrionuevo. A la entrada de uno de los muchos bares que jalonan la zona un joven de larga gabardina y pelos en punta observa el bélico panorama y al paso desbocado de una de las parejas de sabuesos en busca y captura de carnaza independentista comienza a canturrear, más alto que bajo: “era un hombre y ahora es poli”.

Al joven cantarín se lo llevan en volandas, entre porrazos y demás dolorosas carantoñas, por el mero hecho de entonar una de las piezas sonoras más populares del explosivo repertorio de una banda que se hace llamar La Polla Records. Quinteto nacido en 1979 en Agurain (Salvatierra entonces gracias a disposiciones franquistas aún en vigor en aquellos primeros años posteriores a la dictadura) con la frescura y la provocación por bandera y el punk como libro de estilo.

Una casete de color amarillo tuvo la culpa de todo. “¡Tío, eran los Sex Pistols!; y en cuanto escuché aquello todo lo que oía hasta entonces (Kiss, Deep Purple, Rolling, etc.) saltó por los aires y se fue directamente a la mierda, menos el Iggy Pop y cuatro cosicas más. Y nunca he sabido inglés pero aquello se entendía de puta madre. ¡Menuda rabia!, ¡menudos cojones!

¡Aquí está! ¡La hostia! ¡Adiós al gobierno y a la oposición, adiós Adolfo, adiós Felipe, adiós Fraga, adiós Carrillo, adiós a todos, mamones, hijos de puta! Adiós a un futuro de persona normal; imperdibles de los gordos atravesados en la boca, con mi lorito en la oreja a todas partes, afuera de la discoteque con mis gafas negras, desafiante, sentado en el pórtico de la iglesia contra dios. “¡Por fin soy alguien, por fin soy yo!”.

Lo relata el frontman pequeñito pero matón del grupo, Evaristo Páramos (Pontevedra, 1960), en su libro más reciente, “Qué dura es la vida del artista, un anecdotario de La Polla Records” (Desacorde ediciones, 2018). “En el pueblo solo había bares de viejos y nos escaqueábamos a beber y fumar canutos de puta jaravaca”, pero la repetitiva audición de la amarillenta cinta les brindó, a Evaristo y sus colegas, una sentencia irrebatible: “Para hacer un grupo no hace falta saber tocar ni cantar y hay que hacer letras que reflejen el lenguaje de la calle, o sea, nosotros mismos”. Alumbran el nacimiento de la nueva banda “Fernandito” Murua Quintana (batería), Abel (bajo), Charly (guitarra) y Sumé (guitarra), amigos de diferentes cuadrillas del pueblo con afinidades en sus gustos musicales y el propio Evaristo a la (peculiar) voz.

A diferencia de otras bandas de la época, surgidas en barrios obreros o industriales de grandes ciudades, el origen rural de una banda aún sin nombre será importante en el devenir del grupo. Aparte del aislamiento en los primeros momentos respecto al resto de Euskadi, la vuelta al pueblo tras giras o grabaciones una vez que el grupo había despegado serviría para ponerles en su sitio, con los pies en la tierra.

La elección del nombre, ese momento -en apariencia- intrascendente en las primeras horas de una banda, cuando todos sus componentes sueltan ideas más o menos luminosas con la mejor –o peor- de las intenciones. “Esto del nombre se resolvió porque yo era más bocazas que los demás. La Polla era porque lo decíamos constantemente y para cualquier cosa, mecagüen la polla paquí, mecagüen la polla pallá, y Records era para que fuera más largo, ¡ja, ja! Si hubiéramos sabido que records significaba disco (tampoco era tan difícil), igual hubiéramos sido Discos La Polla”. Todo listo, pues, para los primeros ensayos. “Durante la semana nos hicimos seis canciones partiendo de no saber nada y cinco tuvieron letra para el sábado”, recuerda el galleguiño en su libro. Preparados, listos, ya: primer “festival” (que no concierto, como gusta decir a Evaristo). En concreto, el primero fue en la discoteca de Agurain, en 1979. En el local consiguieron meter a 1.000 de los 3.000 habitantes del pueblo al tiempo que eran presentados por el pinchadiscos local como, “unos jóvenes imitadores de la Orquesta Mondragón”. “980 iban a reírse de los locos y los otro 20 eran la basquilla”, recuerda Evaristo. “En la canción que no tenía letra empecé a moverme como un loco y me rompí un par de huevos en la cabeza porque no cantaba y no sabía que hostias hacer (esto con los años se convirtió en mi inconfundible estilo, jaja)”.

De aquel bautismo escénico recuerda en el capítulo 5 bajo el título, “El mejor festi de la historia”: “la cosa iba más o menos así: empezamos, luego cantas un cacho, después el Charly puntea, luego cantas el otro cacho, pegas un salto y hacemos el final. Seis canciones, treinta minutos, ni los Stranglers. Cuando acabamos no sé cómo se quedó la gente, nosotros de la hostia, gracias“. La crónica, en primera persona, finaliza con un apunte: “Igual de bien que en este primer festi me lo he pasado mil veces; mejor, nunca”.El rodaje continúa por bares, garajes y demás garitos de la zona hasta que para la grabación de las primeras maquetas, el quinteto decide enviar el material a Pamplona y no a Bilbao. Una decisión motivada por un pequeño ahorro en los costes de la grabación -1000 pesetas entonces, 6€ en la actualidad- que dejó en manos de los hermanos Goñi, artífices de Soñua (después Oihuka), compañía de discos pionera de la época en cuyas filas militaron bandas emblemáticas como Kortatu, Cicatriz, Barricada o Hertzainak, todo el material de La Polla Records.

En Soñua graban un primer EP con cuatro canciones “Y ahora qué?” (1983), hoy en día cotizadísima pieza de coleccionista. Imprescindible. Aquí comenzó todo. Despide autenticidad y sabor novedoso. Cuatro bombazos de odio y pegada irrebatible. Cuatro sopapos con la mano abierta que marcaron las mejillas y cautivaron los oídos de una alegre juventud desencantada con un panorama dominado por la falta de libertades, el desempleo, las reconversiones industriales, los chanchullos politiqueros y un oscuro futuro. Un pocker sonoro fresco, provocativo y punkero que el grupo fue redirigiendo con algo de sabiduría, coherencia y mucha intuición a lo largo de su dilatada trayectoria.

Solo un año después, su primer disco de larga duración, “Salve” (Soñua, 1984). La reafirmación en toda regla. Un álbum gigante en todos los (sin)sentidos. Sin fecha de caducidad. Casi una veintena de canciones más que frescas, aparentemente sencillas, bombas de odio que plasman con precisión quirúrgica todo lo criticable y más allá. Imposible destacar una. Auténticos escupitajos con los que Evaristo y los suyos reflejan su descontento con el orden social instaurado en los primeros años de la democracia. La banda consigue plasmar en canciones inapelables, de música poderosa y letras ingeniosas más allá del simple exabrupto, la rabia descarnada ante todo aquello que deja al individuo indefenso frente las instituciones, las fuerzas de seguridad del estado, las religiones, las hipocresías y, en última instancia, contra quienes aceptamos resignados que todo continúe igual.

Un año después, La Polla Records mantiene la chispa con “Revolución” (Soñua, 1985). Las letras, mucho más políticas, se ceban con las vísceras del Estado y las cloacas de un sistema regido por directrices económicas que remarcan las diferencias sociales entre ricos y pobres.Dos discos que alcanzan rápidamente unas cotas de popularidad impensables para un género como el punk y que convierten a La Polla Records en una de las formaciones abanderadas de la efervescencia que se vivió en el País Vasco en los primeros 80, con la etiqueta “Rock Radical Vasco” englobándolo, no sin disidencias, todo.

Ante los intentos de la izquierda abertzale por canalizar este hervidero rítmico (campaña Martxa eta borroka – Fiesta y lucha) en favor de la causa nacionalista, los textos libertarios de La Polla Records (“las banderas son trapos de colores”, “un país es un invento, un país es una estafa, un país es algo para lo que nadie me ha pedido mi opinión”, “un patriota, un idiota”, “no al ejército, ni vasco ni español”) dejan bien a las claras su posicionamiento ético y estético.

Con, “No somos nada” (Txata, 1987) y su puñado de canciones librepensantes de espíritu anarquista alcanzan la trilogía apostando por la autogestión para lo que crean su propia discográfica. Intento fallido en el que su sonido se resiente. A pesar de todo, La Polla Records son ya una banda

consolidada con un discurso anti-sistema claro y duro; referencia punk obligada en todo el Estado. Pero el peaje a pagar es igualmente virulento tanto desde las filas de acólitos seducidos (tan solo) por las baratijas de la parafernalia punk (escupitajos a mansalva, invasiones de escenarios varios, lanzamientos de múltiples objetos con malas intenciones) como por las tribus adscritas a otros géneros y/o movimientos musicales ajenos a la propuesta radical del quinteto.

A todos ellos les encaja como anillo al dedo otro de los inolvidables estribillos de la primera entrega, la que entona con sorna y cinismo aquello de, “…punky de postal, punk de escaparate, moda punk en Galerias, muy punk”. Los San Isidros´86 madrileños, el triple concierto Euskal Rock´90 en el Palau d´Esports de Barcelona, junto a algunos de los cuerpo a cuerpo ofrecidos por la banda por tierras argentinas son algunos de los puntales del maltrato al que, en más ocasiones de las deseadas, se veía injustamente salpicado el grupo.Un año después La Polla Records regresa a su disquera de siempre de nombre renovado (Oihuka, surgida de las cenizas de Soñua) con dos discos bajo el brazo. “Donde se habla” y “En directo”. El primero es un trabajo conceptual de rocanrol intenso y acelerado. “En directo”, por su parte, constituye la primera grabación de un concierto (sala Ilargi de Lakuntza) de la banda. Queda para la posteridad el eslogan registrado en su interior: “¡Aupa el Punk patatero!”.

De esta forma, La Polla Records va rebajando el comienzo acelerado (disco al año) de sus inicios autoreivindicativos para espaciar las entregas disqueras, arrastradas siempre por las corrientes de la lucha constante contra el aburrimiento y la rutina, cada dos años. Van cayendo los discos, cada cual con su impronta particular y nivel artístico adecuado, y pasando los años. Mientras, La Polla Records va engordando una trayectoria artística a base de ironía, cinismo y reflexión. Filosofía directa. Crítica. Autocrítica. Letras claras y sencillas que lo muestran todo sin esconder nada y de una profundidad sociopolítica y comunitaria importante.

Textos vitales e incomodos para el sistema. Textos que cortan el aire y desvelan las paranoias de quienes las idean. Al tiempo, la banda primigeniamente punk, especializada en pildorazos de punkrock, encuentra en sus “festivales” y grabaciones un amplio rearme de ideas y mejoras instrumentales con las que seguir creando escuela para diseccionar con envidiable acierto una realidad poco atractiva. Una biografía en la que las han visto de todos los colores. Les han manipulado, utilizado, censurado y otras muchas trampas del destino pero ahí están, tan tercos y atractivos como el primer dia, recogiendo su cosecha incluso allende los mares, en territorios afines como México, Argentina, Chile y Uruguay, donde sus seguidores se cuentan por legiones.

Con palos en las ruedas tan grandes como la sentencia judicial que, en julio de 1993, obliga a que La Polla Records pase a llamarse La Polla como resolución de una supuesta demanda de un antiguo miembro de la banda que habla de injusta expulsión aunque la identidad del demandante no llegó a conocerse nunca con certeza. Obligados a relevos de formación de miembros históricos como Charly (guitarras), quien en un accidente doméstico se golpea la cabeza dañándose sus funciones motoras. Y, finalmente, la muerte (septiembre 2002) por derrame cerebral de otro de los miembros históricos: Fernandito Murua, el baterista original. Su pérdida, a la edad de 40 años, conmociona los cimientos de la banda que decide finalmente publicar “El último (el) de La Polla” (Maldito Records, 2003), último álbum en estudio original del grupo. Sin embargo, cancelan todos los conciertos y la banda decide disolverse tras un periodo de tirante reflexión.

Más de veinte años de lucha comprometida pasan, sin duda, facturas de todos los importes pero La Polla Records ha capeado temporales con gran naturalidad. Su registro sonoro ha evolucionado siempre con la guardia a punto y una honestidad fuera de toda duda. Volver a escuchar su legado con distancia es comprobar un repertorio en forma y tan fresco como si hubiera sido compuesto en la más rabiosa actualidad. Rodeados de dianas por doquier (…, religión, iglesia, estado, política, ejercito, racismo, miseria, desigualdad, capitalismo, managers, críticos, medios de comunicación, represión, …) La Polla Records ha sabido convertirse en un fenómeno sociocultural y artístico para el punk poniendo a cada cual en su sitio y defendiendo el suyo con canciones directas a la encia. Certeros y hasta proféticos trallazos de punkrock para analizar una realidad que parece no haber entendido (o mejorado en) nada.

-Aitzol San Sebastián (2019, E.H.)-

© Festival WeekendBeach 2020. Torre del Mar. Málaga

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